domingo, 1 de abril de 2012

El museo y la fotografía como “cristalizadores” de significados


Fotografía tomada el sábado 31 de marzo de 2012 en el Museo de Bicentenario, mientras afuera, en la Plaza de Mayo, sucedía el TC 2000, evento organizado por el Gobierno de la Ciudad.
Cualquier visitante distraído descubre rápidamente que existe un eje histórico lineal sobre el que se estructura la muestra del Museo del Bicentenario: desde imágenes de la vegetación que predominaba en nuestras orillas del Río de la Plata, recorriendo la evolución histórica que se inició con las primeras fundaciones de Buenos Aires, hasta 2010 y el gobierno actual de Cristina Kirchner.
Sin embargo, una mirada sobre la construcción museística, nos muestra que el recorrido no es lineal y que la muestra expone un entretejido de distintos momentos históricos que dialogan y se transforman entre sí. Ese diálogo no se plasma únicamente en la relación entre los objetos y el edificio del museo. El techo vidriado incorpora también el afuera, el presente, la Casa Rosada, la luz, el cielo del color de la bandera.
La arquitectura contemporánea del techo se proyecta sobre el vidrio que protege el piso de la ex aduana Taylor, que data de 1857. En el medio, el cuadro de Perón y Evita, enmarcado por restos de los muros del antiguo edificio. En ese gesto, se sintetizan cientos de años de historia. Este tipo de condensaciones espacio-temporales recorren toda la visita.
La construcción de la muestra insinúa que, en el devenir de un país, las circunstancias condicionan la lectura sobre el pasado y la proyección hacia el futuro.
Pero hay otro nivel de encuentros que se tejen en el museo y generan significados que aparecen y desaparecen a cada instante. Esos encuentros surgen del diálogo silencioso entre la muestra y sus espectadores. Y es la fotografía la que permite cristalizarlos.
Este nuevo tejido evidencia que nuestro país es muy joven y que parte de la historia que presenta el museo se figura como el retorno de un pasado vivido para los espectadores mayores y un mundo por descubrir para los más jóvenes.
En el instante elegido para este trabajo, vemos las distintas generaciones que recorren el museo. Por un lado, una pareja de ancianos que eran chicos cuando Evita usaba el vestido expuesto. Podemos imaginar que recuerdan el estilo de esa mujer y lamentan que haya muerto tan joven. Que piensan que esa época era mejor, o por el contrario, que por suerte todo cambió.
De espaldas al cuadro peronista, un chiquito introduce un símbolo que el museo elige no mostrar: el color de un partido político de moda por estos días (que esperemos, no ocupe una sala en el museo del tricentenario). Este signo evidencia aun más que el discurso museístico también es político, y selecciona qué mostrar y qué dejar en el olvido.
Es así como una vez más podemos afirmar que toda obra es abierta y siempre se completa con la mirada del espectador. Tanto el museo como la fotografía son construcciones que cristalizan ciertos sentidos y que a la vez, se prestan a tantas interpretaciones como espectadores existan.