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| Fotografía tomada el sábado 31 de marzo de 2012 en el Museo de Bicentenario, mientras afuera, en la Plaza de Mayo, sucedía el TC 2000, evento organizado por el Gobierno de la Ciudad. |
Cualquier visitante
distraído descubre rápidamente que existe un eje histórico lineal sobre el que
se estructura la muestra del Museo del Bicentenario: desde imágenes de la vegetación
que predominaba en nuestras orillas del Río de la Plata, recorriendo la evolución
histórica que se inició con las primeras fundaciones de Buenos Aires, hasta
2010 y el gobierno actual de Cristina Kirchner.
Sin embargo, una
mirada sobre la construcción museística, nos muestra que el recorrido no es
lineal y que la muestra expone un entretejido de distintos momentos históricos que
dialogan y se transforman entre sí. Ese diálogo no se plasma únicamente en la
relación entre los objetos y el edificio del museo. El techo vidriado incorpora
también el afuera, el presente, la Casa Rosada, la luz, el cielo del color de
la bandera.
La arquitectura
contemporánea del techo se proyecta sobre el vidrio que protege el piso de la ex
aduana Taylor, que data de 1857. En el medio, el cuadro de Perón y Evita,
enmarcado por restos de los muros del antiguo edificio. En ese gesto, se sintetizan
cientos de años de historia. Este tipo de condensaciones espacio-temporales
recorren toda la visita.
La construcción de la
muestra insinúa que, en el devenir de un país, las circunstancias condicionan
la lectura sobre el pasado y la proyección hacia el futuro.
Pero hay otro nivel
de encuentros que se tejen en el museo y generan significados que aparecen y
desaparecen a cada instante. Esos encuentros surgen del diálogo silencioso
entre la muestra y sus espectadores. Y es la fotografía la que permite
cristalizarlos.
Este nuevo tejido evidencia
que nuestro país es muy joven y que parte de la historia que presenta el museo
se figura como el retorno de un pasado vivido para los espectadores mayores y
un mundo por descubrir para los más jóvenes.
En el instante
elegido para este trabajo, vemos las distintas generaciones que recorren el
museo. Por un lado, una pareja de ancianos que eran chicos cuando Evita usaba
el vestido expuesto. Podemos imaginar que recuerdan el estilo de esa mujer y lamentan
que haya muerto tan joven. Que piensan que esa época era mejor, o por el
contrario, que por suerte todo cambió.
De espaldas al cuadro
peronista, un chiquito introduce un símbolo que el museo elige no mostrar: el
color de un partido político de moda por estos días (que esperemos, no ocupe
una sala en el museo del tricentenario). Este signo evidencia aun más que el discurso
museístico también es político, y selecciona qué mostrar y qué dejar en el
olvido.
Es así como una vez
más podemos afirmar que toda obra es abierta y siempre se completa con la mirada
del espectador. Tanto el museo como la fotografía son construcciones que
cristalizan ciertos sentidos y que a la vez, se prestan a tantas
interpretaciones como espectadores existan.
